GURDJIEFF ARGENTINA

El Heroe de la mil caras

 

Joseph Campbell



 

EL OMBLIGO DEL MUNDO


El efecto de la aventura del héroe cuando ha triunfado es desencadenar y liberar de nuevo el fluir de la vida en el cuerpo del mundo. El milagro de esta fluencia puede
representarse en términos físicos como la circulación de la sustancia alimenticia, en términos dinámicos como una corriente de energía, y espiritualmente como una manifestación de la gracia. Tales variedades en la imagen se alternan fácilmente y representan tres grados de
concentración de la única fuerza vital. Una cosecha abundante es el signo de la gracia de Dios; la gracia de Dios es el alimento del alma; la luz del relámpago es el presagio de la lluvia fertilizante y al mismo tiempo la manifestación de la energía de Dios puesta en movimiento.
Gracia, sustancia alimenticia, energía, son derramadas sobre el mundo vivo, y adonde no caen, la vida se descompone en muerte.
El torrente surge de una fuente invisible y su punto de entrada es el centro del círculo simbólico del universo, el   Punto Inmóvil de la leyenda del Buddha, alrededor del cual
puede decirse que el mundo gira. Bajo este punto se halla la cabeza de la serpiente cósmica que sostiene la Tierra, el dragón, símbolo de las aguas del abismo que son la divina energía creadora de la vida y sustancia del demiurgo; el aspecto generador del mundo del ser inmortal. El árbol de la vida, por ejemplo, el universo mismo, crece en este punto. Está enraizado en la oscuridad que lo sostiene, el dorado pájaro del sol vive en su copa, un arroyo, la fuente inagotable bulle a sus pies. La figura puede ser también la de una montaña cósmica, con la ciudad de los dioses, como un  loto de luz, sobre su cumbre; y en su base,
las ciudades de los demonios, iluminadas por piedras preciosas. O bien la figura puede ser la del hombre o la mujer cósmicos, (por ejemplo el Buddha mismo o la diosa danzarina hindú Kali) sentados o de pie en este punto, o clavados en el árbol (Attis, Jesús y Wotan), porque el
héroe como encarnación de Dios es el ombligo del mundo, el centro umbilical al través del cual las energías de la eternidad irrumpen en el tiempo. De este modo el ombligo del mundo es el símbolo de la creación continua; el misterio del mantenimiento del mundo por medio del continuo milagro de la vivificación que corre dentro de todas las cosas.
Entre los pawnees del norte de Kansas y del sur de Nebraska, durante el ceremonial de Hako, el sacerdote dibuja un círculo con la punta del pie. “El círculo representa un nido—se ha informado que dice el sacerdote—, y se dibuja con la punta del pie porque el águila construye su nido con sus garras. Aunque estamos imitando al pájaro que hace su nido, hay otro significado de esta acción; pensamos en Tirawa haciendo el mundo para que la gente viva en él. Si vais a una colina alta y miráis alrededor, veréis que el cielo toca la tierra por
todas partes y dentro de esta envoltura circular vive la gente. De manera que los círculos que hemos hecho no son sólo nidos, sino que también representan el círculo que Tirawa ha hecho para señalar el lugar en que vivan los pueblos. Los círculos son también para el grupo
emparentado, para el clan y para la tribu.
El reino del cielo descansa en las cuatro esquinas de la Tierra, algunas veces sostenida por cuatro cariátides que pueden ser reyes, enanos, gigantes, elefantes o tortugas. De aquí la tradicional importancia del problema matemático de la cuadratura del círculo: contiene el secreto de la transformación de las formas celestes en las terrenas. El hogar en la casa, el altar en el templo, es el centro de la rueda de la Tierra, el vientre de la Madre Universal, cuyo
fuego es el fuego de la vida. La abertura en el techo de la casa, o la corona, el pináculo o la linterna de la cúpula, es el centro o punto medio del cielo, es la puerta del sol, a través de la cual las almas regresan del tiempo a la eternidad, como el olor de las ofrendas quemadas
en el fuego de la vida, y elevadas en los ejes del humo ascendente del centro de la Tierra al centro de la rueda celestial.
Una vez lleno de esa manera, el sol es el recipiente donde come Dios, el cáliz inagotable, colmado de la sustancia del sacrificio, cuya carne es alimento y cuya sangre es
bebida. Al mismo tiempo es el que nutre a la especie humana. El rayo solar que enciende el fuego simboliza la comunicación de la divina energía al vientre del mundo y es de nuevo el eje que une y hace girar las dos ruedas. A través de la puerta del sol la circulación de la energía es continua. Dios desciende y el hombre asciende por ella. “Yo soy la puerta, el que por mí entrare se salvará, y entrará y saldrá y hallará pasto.” “El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él.”
Para las culturas que todavía se nutren en la mitología, el paisaje, como cada una de las fases de la existencia humana, toma vida por medio de las sugerencias simbólicas. Las colinas y los bosques tienen protectores sobrenaturales y están asociados con episodios populares bien conocidos en la historia local de la creación del mundo. En diversos lugares constituyen santuarios. El lugar en que ha nacido un héroe, donde ha realizado sus hazañas o donde ha regresado al vacío, es señalado y santificado. Allí se le erige un templo, con el cual se significa e inspira el milagro de la centralizad perfecta; porque éste es el lugar donde se inicia la abundancia. Porque alguien en este lugar descubrió la eternidad. Por lo tanto, ese sitio puede servir como sostén para una meditación fructífera. Ese tipo de templo se construye, por lo general, simulando las cuatro direcciones del horizonte del mundo y el santuario o altar en el centro es el símbolo del Punto Inagotable. Aquel que entra al conjunto
del templo y se acerca al santuario, está imitando la proeza del héroe original. Su finalidad es reproducir el modelo universal para evocar dentro de sí mismo el recuerdo de la forma.
"En la creación del mundo —le dijo un alto sacerdote pawnee a la señorita Fletcher al explicar las
divinidades adoradas en dicha ceremonia— se decidió que hubiera fuerzas menores. Tirawa-atius, la fuerza poderosa, no podía acercarse al hombre, no podía ser visto ni sentido por él, y por lo tanto se permitió la existencia de poderes menores. Su objeto era mediar entre el hombre y Tirawa
que es el centro y la renovación de la vida.
Las ciudades antiguas están construidas como templos, con portales en las cuatro direcciones, mientras que en el centro está el santuario principal del divino fundador de la
ciudad. Los ciudadanos viven y trabajan dentro de los confines de este símbolo. Con el mismo espíritu los dominios de las religiones nacionales y mundiales están centrados alrededor del eje de alguna ciudad madre: el reino cristiano de Occidente alrededor de Roma, el del Islam alrededor de la Meca. Las reverencias que hace tres veces al día la comunidad de Mahoma están dirigidas como los rayos de una rueda del tamaño del mundo al centro de la Kaaba y así se construye un gran símbolo viviente de la “sumisión” (islam) de todos y de cada uno a la voluntad de Alá. “Ciertamente Tú —leemos en el Corán—, Tú eres
el sabedor de los secretos.”Hay otra posibilidad: un gran templo puede ser establecido en cualquier parte. Porque en última instancia el Todo está en todas partes y cualquier lugar puede convertirse en asiento del poder. Cualquier brizna de hierba puede asumir en el mito la figura del salvador y conducir al vagabundo al sancta, sanctorum de su propio corazón.
El Ombligo del Mundo es ubicuo. Y como es la fuente de toda la existencia, produce la plenitud mundial del bien y del mal. La fealdad y la belleza, el pecado y la virtud, el placer y el dolor, son igualmente producidos por él. “Para el dios, todo es bello, y bueno y justo —dice Heráclito—, los hombres, por el contrario, tienen unas cosas por justas y otras por injustas”. De aquí que las figuras a que se rinde culto en los templos del mundo no sean de ninguna manera siempre bellas, siempre benignas o ni siquiera necesariamente virtuosas.
Como la deidad del libro de Job, trascienden las escalas de los valores humanos. Del mismo modo la mitología no destaca como su héroe más grande al hombre meramente virtuoso. La virtud no es sino el preludio pedagógico de la visión ulterior culminante, que está más allá de cualquier pareja de conceptos. La virtud oprime al yo centrado en sí mismo y hace posible la centralidad transpersonal; pero cuando eso ha sucedido ¿qué habrá después del dolor
y del placer, del vicio o de la virtud, ya sea de nuestro yo o de otro? Se percibe entonces la fuerza trascendente que vive en todos, que en todos es maravillosa y que merece nuestra profunda obediencia en forma absoluta.
Porque como dijo Heráclito: “Lo distendido vuelve a equilibrio; de equilibrio en tensión se hace bellísimo coajuste, que todas las cosas se engendran de discordia.”O, como también ha dicho el poeta Blake: “El rugir de los leones, el aullar de los lobos, la cólera del
mar huracanado y la espada destructiva, son trozos de eternidad demasiado grandes para el ojo del hombre.”
Esta dificultad puede observarse vívidamente en una anécdota de Yoruba (África Occidental) contada de Edshu, la divinidad engañadora. Un día, este extraño dios caminaba por un sendero en medio de dos campos. “Vio un labriego trabajando en cada uno de ellos y se propuso jugar con los dos. Se puso un sombrero que era rojo de un lado y blanco del otro, verde por delante y negro por detrás, (éstos son los colores de las cuatro direcciones del
mundo; Edshu es la personificación del centro, del axis mundi, del Ombligo del Mundo); de manera que cuando los labriegos regresaron a su aldea, uno le dijo al otro: ‘¿Viste pasar ese viejo con el sombrero blanco?'; el otro contestó: ‘El sombrero era rojo.' Y el primero dijo: ‘No,era blanco.' ‘Era rojo', insistió su amigo, ‘lo vi con mis propios ojos'. ‘Debes de estar ciego',declaró el primero, ‘Debes estar borracho', contestó el otro. La disputa creció y llegaron a los golpes. Cuando iban a acuchillarse fueron llevados por sus vecinos ante el juez. Edshu estaba en medio de la multitud que presenciaba el juicio y cuando el juez no pudo decidir de qué lado estaba la justicia, el viejo engañador se desenmascaró, expuso lo que había hecho y mostró el sombrero. ‘No tenían más remedio que pelear', dijo. ‘Así lo quise yo.
El moralista se llenaría de indignación y el poeta trágico de compasión y temor; la mitología rompe la vida entera en una vasta y horrible Divina Comedia. Su risa olímpica no
tiene nada de escapista, sino que es dura, con la dureza de la vida misma, que podemos suponer es la dureza de Dios, el Creador. La mitología en este sentido hace que la actitud
trágica aparezca hasta cierto punto histórica y el juicio meramente moral limitado. Esta dureza se equilibra con la seguridad de que todo lo que vemos no es sino el reflejo de una fuerza perdurable, a la cual no alcanza el dolor. Por eso estas fábulas son despiadadas y no conocen el terror; están penetradas del júbilo de un anonimato trascendente que se mira a sí mismo en todos los egos combatientes y centrados en sí que nacen y mueren en el tiempo.

 


 

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